En la familia de mi papá corre sangre fina: intelectuales, artistas, médicos, escritores, líderes de causas humanistas. Hombres y mujeres de morales bien puestas y altos ideales. Bien. Enorgullezcámonos por la vena fina. Sin embargo lo que nos hace verdaderamente interesantes es que por la misma familia también corre el gen del rascuachismo o rascua-gen. Aquella vena responsable de que la casa de mi abuela estuviera llena de alambritos reparadores y parches de todo tipo que aparecieron en el mapa con la promesa de ser temporales y se quedaron como clásicos. Ejemplos de esto son: el cordoncito con que se abría la puerta del zaguán desde el cuarto de arriba, los frascos de gerber utilizados para clasificar clavitos y tornillos, el letrerito en maskin tape de “no funciona” en el radio del coche del abuelo, el alambrito que evita que la puerta se azote.
No están ustedes pa saberlo, pero mi padre es digno heredero del rascua-gen. Su casa, para escandalización de la mearrastra, está parchada con aluminio, letreros en cartoncitos, diúrex, cerillos, alambritos de pan, cinta pato, cordoncitos, tapitas de recipientes vacíos y demás rascua-artículos para los que que sólo él podría haber ideado tan ingeniosas aplicaciones para hacer la vida más sencilla. La suya al menos, porque la mearrastra es de lo más ñoña y bien hechecita y preferiría lidiar con las incoveniencias de artículos mal diseñados que con los rascua-arreglos de mi papá (dios nos la conserve paciente y saludable muchos años). Mearrastra se infarta un poco, pero ah cómo nos divertimos echándole carrilla a mi papito. Tan divertidos que en año nuevo nos olvidamos de las uvas, las maletas, el brindis, y otras joterías que yo acostumbro. En honor a mi padre y demás ancestros, nuestro internet se llama desde este año Rascuanet.
Yo, por mi parte, no canto mal las rancheras. Mi rascua-gen se ve reflejado en mi guardarropa principalmente. Aproximadamente el 90% de mi ropa tiene que si un hoyito, que si una manchita, que si una descosidita o de plano es vieja y ñeja. Comprar ropa nueva me saca ronchas, no sé si es por coda o por el rascua-gen, pero lo mío lo mío es la ropa reciclada (y se pueden escribir mil apologías al respecto, como que es más ecológica, más poética, conduce a menos consumismo pero sin reducir el consumo, muchas cosas más, la neta es que es la vena rascuache que no puedo controlar). Eso, y en el embarazo descubrí lo rico de tener dos jeans y tres camisetas y sanseacabó párale de contar con eso me vestía diario. Oh simpleza.
El pobema es que mi rascuachez al vestirme (también conocida como vagabundez) ha llegado al extremo. Literalmente no tengo una camiseta en buenas condiciones, un pantalón con un dobladillo decente (los hago con duct tape, grapas, seguritos, cinta que se pega con plancha o si ando ultra ñoña los coso pero siempre se acaba viendo el doblez asesino), un suéter que me quede bien, una faldita que no sea demasiado larga, ni una piyama que no se parezca a la gabardina de Cantinflas. Eso por no hablar de mis zapatos, que tengo un par que uso todos los días (y no es sentido figurado) y algunos otros incómodos que uso por ratitos en ocasiones espAciales. Mi ropa interior, eso sí, está de lo más pulcra y el que no me crea que me trasculque previo pago de derechos en ventanilla 1.
El caso es que este año ya no quiero ser vagabundo y me haré mi propio what not to wear. En estos momentos en que mi Milanesa se fue a correr y se llevó al Chapu, me dedicaré a vaciar mi clóset y en esta semana a comprar un nuevo guardarropa. Quiero cosas lindas, femeninas, fashion, interesantes… así que agárrense tiendas de reciclaje, porque ahí voy (o qué ¿creían que nomás por fashion dejaré de ser rascuache?). Lo que prometo es tomarme mi tiempo y sólo comprar cosas buenas, manque me tarde mucho buscando. Los zapatos eso sí tienen que ser nuevitos, pero hasta que tenga chamba porque ahorita ni falta que me hacen.
Seguiré reportando de mis intentos por que mi propio rascuachismo contribuya a mi buen vestir. Y besos a mi papito, que tiene un sentido del humor espectacular y una autoconfianza tal que puede reírse de sí mismo.