Hoy era cumpleaños de mi abuela. En realidad, de mis dos abuelas. Materna y paterna cumplían años el mismo día. Para mi bebé será igual: abuela paterna y abuelo materno comparten cumpleaños, qué simpático.
Bueno el caso es que generalmente hablo de mi abuela paterna porque la relación con ella no vino gratis. Sí claro que me llevaban a su casa en navidades y tal, pero nunca de niña me sentía cercana. Con la abuela materna, aunque la veía más o menos las mismas veces, sí que me sentía cercana… será una cuestión de DNA mitocontdrial o el mismísimo sereno, así era. Luego se murió mi abuela materna y me sentí tan tonta que ya viviendo en la misma ciudad no la había visitado muchas veces. No era arrepentimiento o culpa, era esta sensación de haber hecho algo tonto y por suerte tener en la mano la solución. Así que apliqué la transferencia y decidí ir a ver a mi otra abuela una vez a la semana. Abuela María Aurora. Los domingos. Como el Principito con el zorro.
Y luego se me hizo necesidad, cada domingo verla, a veces le caía a darle un beso entre semana, y también la llamaba en la semana. Oh feliz codependencia. Y luego coincidía con otros de la familia y se armaba la fiesta, pero lo más lindo era que con cada visita conocía más a mi propia abuela y por fin sentía lo rico y acolchonadito que es tener abuela (en el mejor de los sentidos, claro). Rico una abuela que cuenta historias y unas que sólo me contaba a mí y comíamos golosinas juntas y veíamos la tele o a veces tomaba siestas en su sillón, jajaja, no había que hacer nada más que ver pasar las horas sentadas en el despacho, juntas. En tan poco tiempo mi abuela era parte de mi vida y yo de la suya… no sólo poéticamente, sino de verdad, teníamos nuestras rutinas, nuestros temas comunes, nuestras pláticas que duraban más de una visita, la costumbrita rica de estar cerca. Y me sentía como si toda la vida hubiera sido así.
Cuando me despedí de ella por cambiarme de país me dijo que era la última vez que nos veíamos. Le dije que ojalá que no, que se esperara otra vez. Pero la abuela tenía años pidiendo aventón de salida y diciéndolo en voz alta. Con todo su amor y toda su bendición nos despedimos. Y dos meses después al fin logró morirse. Sus últimas palabras fueron un chiste… literalmente.
Hoy era su cumple. Unos amigos de la Mila nos invitaron a una cenita y nos tocó el postre, y sin pensarlo decidí unas fresas con crema que quedaron deliciosas y todos babeaban. Hace siglos que no comía fresas con crema. Al final de la cena me acordé que justo ése era el postre favorito de mi abuela María Aurora. Y con todo ese prólogo: ¡FELIZ CUMPLEAÑOS ABUELA!
