Partoaventuras 5ta parte
Julio 15, 2008 en 2:52 pm (Uncategorized)
AAAAAy no es que yo la quiera hacer de emoción, es que en verdad que esto de la maternidad toma tiempo.
Bueno, estaba en que para la pujada probamos de todo: yo bocarriba, de un lado, de otro, hecha bolita, hecha arco, cadera para un lado, recargada en la cabecera de la cama, agarrada de mi gente, agarrada de la cama, agarrada de mis patas y Chapulín no bajaba más. Estaba atorado en mi huesito y volteando para no sé dónde, así que no se podía mover. Yo me decía, también como mantra “estas caderas son más grandes que el planeta” y me imaginaba la Tierra pasando por mi pelvis y mis huesos abriéndose. Pero nada. Karen la enfermera me empujaba la cadera pa un lado y la pata para el otro… pero nada. Yo sólo escuchaba a las doctoras decir que sí que estaba pujando bien, pero Chapu no se movía. Entonces empezaron a discutir opciones, porque ya llevaba tres horas pujando. Pusieron el monitor que se atornilla en la cabeza de cahpulín, lo cual me puso muy triste. Me acordé que lo mismo le pasó a mi hermana con su bebé y pensaba si estaría haciendo una alianza invisible. Luego pensé si mi hermana y yo estaríamos haciendo alianza invisible con mi mamá y sus cesáreas porque para entonces ya se había mencionado la tal cesárea.
Milanesa se acordó del espejo y pidió que trajeran el espejo para que yo viera la cabeza de Chapu, que se asomaba. Yo creo que sí la veía, pero por más que pujaba no veía movimiento. Me acordé de la ex-rumy que me dijo que no me perdiera la oportunidad de ver salir a mi hijo de mí. No sirvió de nada excepto de hacer tiempo y darme más tiempo para pujar antes de tomar la decisión de cómo sacar al crío de ahí. Una doctora decía que lo mejor era la extracción con la ventosa, la otra pensaba en hacer cesárea de una vez. Yo tenía mucho miedo. Me gustaba escucharlas discutir porque sentía que había mucha info que yo estaba aprendiendo. Pero tenía mucho miedo por mi hijo. Pregunté los riesgos y sí me dijeron que para el Chapu era mejor la cesárea pero para mí la extracción con ventosa. Y yo iba de Ay-lin a Milanesa y de vuelta preguntando qué hacemos qué hacemos. Cualquier procedimiento se hacía en el quirófano, así que sacaraon el traje espacial para Mila y a firmar consentimientos y cosas. Entonces me puse a llorar. Por cansancio y frustración de tanto tiempo dando todo y nada de hijo salía, y sobre todo por miedo de que bebé no estuviera bien. Me abracé con la Ay-lin y con la Mila y me fui llorando todo el camino al quirófano. Mila iba conmigo.
Karen me dijo que esa doctora en particular era muy light con la ventosa, que nunca arriesgaría al bebé ni haría locuras. Yo casi prefería que me hicieran cesárea de una vez para ahorrarme la angustia de los efectos secundarios en el bebé. Una parte de mí pensaba “mejor, así si tengo otro hijo me hacen cesárea de una vez y nunca más tengo que pasar por el dolor del parto”. Otra parte pensaba que cesárea implicaba recuperarme del parto normal Y TAMBIÉN de la operación, y que era mucho. Cuando llegamos al quirófano, mucha gente, muchas luces, como en Alicia cuando al final ve a todos los personajes de todo el cuento: otra vez la anestesióloga, las enfermeras que aveces entraban y salían, las dos doctoras, la oruga fumando opio, la reina de corazones y otros personaje desconocidos. Me preguntaron si quería intentar sacar al hijo con ventosa, me dijeron que requería demasiada fuerza de mi parte. Dije que sí. Me pusieron oxígeno, las patas en unos stirrups calientitos que, contrario a lo que dicen en Birthing from within y seguro contrario a lo que muchas mueres experimentan, a mí me hicieron sentir segura y cómoda, con una base firme y que me podía concentrar sólo en pujar.
Supongo que con la angustia la anestesia estaba dejando de hacer efecto. A mí me dolían muchísimo las contracciones otra vez. Me decían que pujara si quería, para ayudarme con el dolor, pero ya era todo un caos: mi dolor de contracciones, el cansancio, los muchos médicos y gente en el quirófano, Milanesa y yo poniéndonos de acuerdo en que se fuera con Chapulín en cuanto naciera (adiós a mis planes de tenerlo luego luego encima de mí), la discusión de la ventosa, la cesárea, cámbiate de camilla, mira todavía puede levantar su cadera ella sola, más anestesia, no mejor menos para que pueda pujar, los monitores con el corazón de bebé y el mío, la cinta de presión en el brazo, la mascarilla de oxígeno, y Chapu que no salía. Pusieron la ventosa y probamos unas veces. Nada. Pero todos decían you are doing great y yo quería saber porqué, si crío no salía. Me dijeron que sí se estaba moviendo. Hicimos un último intento: una vez tomar aire y pujar, tomar aire, otra vez pujar, más aire, y otra vez y entonces la dra casi sale volando por la ventana porque se soltó la ventosa. Horror. Por suerte todo bien pero bebé adentro.
Me concedieron una última oportunidad, tres últimos inentos, y bebé seguía adentro y se acabó el tiempo, pero a nadie le importó, y sin hablar nada yo seguí pujando y ellos jalando al Chapulín y echando porras y cuando sentía que me moría pero que no podía soportar más tener ese hijo adentro, dijeron “he is out”. Sería mi fuerza de madre, será que ahí empecé a ser madre, pero lo logramos.
Se lo llevaron a la cunita, y Milanesa me dio un beso y se fue con él. Mientras a mí me quitaban la placenta y me reparaban, no me importaba nada porque entonces lo escuché llorar, y entre los doctores alcancé a ver sus patitas rosas bajo la lámpara de calentar, y se movía y berreaba: ya llegueeeeeeeeeeeeé, estoy vivooooooooooooooo, y todos decían que qué gordito, qué lindo bebé, qué saludable, que maravilloso trabajo había hecho yo. Ví a bebé apretando el dedo de la Milanesa y él hablándole, o eso creo. Lo recuerdo como entre sueños. Tan pronto lo pesaron y comprobaron que estuviera sano, me lo dieron y entonces sí lo abracé piel con piel. Cabía perfecto en el hueco de mis brazos, como si toda la vida lo hubiera estado esperando a él precisamente, mi bebé pegajoso y calientito, redondito y mío, y mi jombre al lado diciéndome cosas de amor. Mi bebé abrió sus ojitos y los ví, negros y prfoundos, y me dio escalofríos su perfección. Nunca había visto un recién nacido con ojos tan obscuros y tan serenos.
Luego la vuelta al cuarto, el encuentro con Ay-lin, lloramos todos, antes de media hora me lo colgaron para comer y comió feliz. La ventosa no lo afectó en nada. Se durmió en mis brazos, como ahorita. Por eso estoy escrbiendo con una mano y ya me voy a quitarme las lágrimas y babear un poco más contemplando a mi hijito dormido.
Pero volveré.
